Sin dudas, el mundo de la salud, del dolor y del sufrimiento nos zarandea, nos moviliza de diversas maneras. Ver las limitaciones que provoca la enfermedad en el otro, nos enfrenta a nuestros propios límites. Y, a veces, eso no resulta algo sencillo.

Por eso, ser compañía de un enfermo se trata de uno de tantos “pequeños gestos con gran amor” que podemos hacer sabiendo que alegran en lo profundo, la vida de todos: tanto del que visita como del que es visitado.

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